Ir al contenido principal

Confesarse antes de comulgar

Quisiera preguntar algo que me preocupó durante un tiempo. Hoy en día parece como si todo el mundo se considerara bien dispuesto para recibir la comunión en la Misa. Sin embargo, el número de personas que se confiesa es mínimo. Quizá esté algo chapado a la antigua, pero siempre me han dicho que, si se está en pecado mortal, debe uno acudir a confesarse antes de comulgar. ¿Esto es todavía así, o ahora es suficiente con recitar un acto de contrición?

La pregunta toca una cuestión de gran importancia, que envuelve varios aspectos.

Para comenzar, conviene aclarar que, si estamos en pecado mortal, debemos acudir a la confesión antes de recibir la comunión. Lo aclara así el Catecismo de la Iglesia Católica: «Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar» (CIC 1385, 1457).

Por tanto, no es suficiente recitar un acto de contrición. Debemos recibir la confesión sacramental, lo cual resulta lógico si consideramos lo que se recibe en la comunión: a Jesús mismo. Si fuéramos a recibir en nuestra casa a un importante huésped, nos aseguraríamos de que la casa estuviera impecable y bien dispuesta para la ocasión. También nosotros procuraríamos estar bien aseados y vestidos. Todavía más debemos asegurarnos de que nuestra alma esté limpia —al menos, libre de pecados graves— para recibir al mismo Señor Nuestro.

Ya en las primeras décadas de cristianismo, san Pablo advirtió a los corintios de lo que suponía recibir la comunión indignamente: «Así pues, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz» (I Co 11,27-28).

¿Se trata de una exigencia exagerada por parte de la Iglesia? No lo creo. La Iglesia simplemente está siendo consecuente con la imponente realidad de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, y nos ayuda a entender esto como buena madre que es. Si fuera suficiente con recitar un simple acto de contrición antes de recibir la comunión, podríamos rezarlo sin estar verdaderamente dolidos ni determinados a no volverlo a cometer. Además, sin la exigida necesidad de acudir a la confesión cuanto antes, tenderíamos a retrasar indefinidamente este sacramento. Al obligarnos a acudir a la confesión, la Iglesia está actuando como una madre buena, que conoce nuestra debilidad y sabe que necesitamos un empujón para presentarnos ante el gran sacramento de la misericordia, el sacramento de la reconciliación, que es fuente de tantas bendiciones.

Además, el pensamiento de no estar en condiciones de recibir la comunión puede ser de gran ayuda para movernos a luchar con más esfuerzo contra la tentación de cometer un pecado mortal. De esta manera, la ley de la Iglesia nos ayuda a evitar el pecado y a crecer en virtud y santidad.

Debemos ser conscientes de que si recibimos la comunión sabiendo que estamos en pecado mortal, además de no recibir la gracia del sacramento, cometemos un nuevo pecado mortal de sacrilegio, al profanar el cuerpo y la sangre de Cristo.

Entonces, ¿qué debemos hacer si estarnos en pecado mortal y asistimos a Misa con nuestra familia o con amigos, y resulta embarazoso o nos da vergüenza no recibir la comunión? Simplemente, no recibirla. En pecado mortal, acercarse a comulgar sería una clara señal de que estamos más preocupados de lo que los demás piensan de nosotros que de haber ofendido a Nuestro Señor. Sería algo penoso ciertamente.

Además, cuando no comulgamos, los demás entienden que hay variadas razones para no hacerlo: porque uno no se encuentra bien o no ha observado el ayuno eucarístico; o también por otras razones particulares. En cualquier caso, quien no vaya a comulgar siempre puede sentarse en un lugar de la iglesia donde pase inadvertido para su familia o para sus amigos.

Comentarios

Lo más leído

La oración de infancia

La oración de la infancia
1.3.- Niño bueno: dile a Jesús muchas veces al día: te amo, te amo, te amo... (Camino 878)
2.3.- Reconozco mi torpeza, Amor mío, que es tanta..., tanta, que hasta cuando quiero acariciar hago daño. -Suaviza las maneras de mi alma: dame, quiero que me des, dentro de la recia virilidad de la vida de infancia, esa delicadeza y mimo que los niños tienen para tratar, con íntima efusión de Amor, a sus padres. (Camino 883)
4.3.- Para el que ama a Jesús, la oración, aun la oración con sequedad, es la dulzura que pone siempre fin a las penas: se va a la oración con el ansia con que el niño va al azúcar, después de tomar la pócima amarga. (Camino 889)
5.3.- Te distraes en la oración. -Procura evitar las distracciones, pero no te preocupes, si, a pesar de todo, sigues distraído..
¿No ves cómo, en la vida natural, hasta los niños más discretos se entretienen y divierten con lo que les rodea, sin atender muchas veces los razonamientos de su padre? -Esto no implica falta …

Vidas que no mueren

Añadimos tres nuevas lecturas a este apartado de vidas ejemplares para mayores y jóvenes:

La Doncella de Nazaret. Historia de la Virgen María.  Javier Suárez-Guanes.


Santa Teresita. Vida de Santa Teresa de Lisieux. Doctora de la Iglesia. Maxence van der Meersch.


Santa Isabel. Reina de Portugal. José Miguel Pero-Sanz.